Siendo, en la fecha, la celebración de un nuevo aniversario del natalicio de un hombre ejemplarmente destacado en el ejercicio de la función pública y siendo que se trata de una virtud tan escasa y hasta dolorosamente inexistente en los tiempos en que vivimos, es que he de aprovechar la ocasión para rememorar sus principios y valores. Ramón Adrián Araujo nació en Tucumán el 13 de julio de 1915 y falleció en Buenos Aires el 4 de junio de 1985. Se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, y se dedicó intensamente a la militancia política en el justicialismo. En 1946, fue elegido senador a la Legislatura, y en 1949 participó activamente en los debates de la convención Reformadora de la Constitución Provincial. A pesar de los conflictos que tuvo dentro del partido por su oposición a la cláusula de reelección del gobernador, (y que lo llevaron a formar una línea interna), se mantuvo fiel al justicialismo, después del derrocamiento de Perón en 1955. Al retornar la democracia, en 1973, asumió la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán, en la que se mantuvo hasta el nuevo golpe de estado de 1976. En tal excelentísima función (en la que se lo recuerda muy especialmente) adoptó medidas ordenadoras, tales como la imposición de horario a los jueces, o la implantación del concurso en la carrera judicial. Al reanudarse nuevamente la vida democrática institucional, en 1983, fue elegido senador nacional por Tucumán. Ocupaba la función de vicepresidente primero de la alta Cámara, cuando se produjo su repentino y lamentable fallecimiento en la Ciudad de Buenos Aires. En tiempos de tanta escasez de valores, tanto en la actividad política como en la función pública, es bueno y necesario rememorar a quienes fueron sus abanderados.

Rafael Alfredo García Zavalía
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